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El villano de las mentiras

Él es nuestro protector; sus obras son perfectas, sus acciones son justas. Es el Dios de la verdad, en él no hay injusticia; ¡él es justo y verdadero!

Deuteronomio 32:4

Pinocho, el cuento convertido en película de animación por Disney en 1940, habla sobre una marioneta de madera cuya nariz puntiaguda crece cada vez que dice una mentira. La trama se enreda más y más con las mentiras que Pinocho dice.

Pepe Grillo lo acompaña actuando como su conciencia, pero Pinocho no siempre le hace caso. En el clímax de la película, Pinocho pierde la vida, pero la recupera por haber demostrado ser valiente, veraz y altruista.

Como Pinocho, muchos tienen dificultades con la verdad. Su inclinación, más por proteger su ego, los lleva a decir mentiras y pronto se habitúan a ello. Una mentira lleva a la otra y la férrea cadena de embustes se vuelve cada vez más difícil de romper. Ahora sabemos por qué.

Un estudio por científicos del Reino Unido revela que la repetición del engaño hace que el cerebro pierda sensibilidad ante la mentira y se produzca una escalada de falsedades. El equipo de la University College de Londres escaneó el cerebro de 80 voluntarios mientras participaban en tareas en las que podían mentir para obtener beneficios personales.

Los autores encontraron que la amígdala, una parte del cerebro asociada con la emoción, se activaba cuando las personas mentían para lograr un beneficio. La respuesta de la amígdala a la mentira disminuía con cada engaño, mientras que la magnitud de las mentiras se intensificaba.

Según los investigadores, «cuando mentimos interesadamente, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir. Sin embargo, esta respuesta se desvanece a medida que continuamos mintiendo y cuanto más se reduce esta actividad, más grande será la mentira que consideremos aceptable.

Esto conduce a una pendiente resbaladiza donde los pequeños actos de insinceridad se convierten en mentiras cada vez más significativas». Moisés e Isaías describen a Dios como el «Dios fiel» (Isaías 65: 16) en quien no hay injusticia (Deuteronomio 32: 4).

Él ama la sinceridad (Salmos 51: 6) y su trabajo es «justo y verdadero» (Salmos 111: 7). Jesús siempre decía la verdad (Mateo 22: 16), y no «engañó jamás a nadie» (1 Pedro 2: 22). Si nuestra lengua habla más mentira que verdad, traigo buenas noticias: tenemos al Espíritu Santo para guiarnos a toda verdad (Juan 16: 13).

Pidámosle a Dios que sensibilice de nuevo nuestro cerebro para hablar siempre la verdad y aborrecer la mentira.