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Mayordomía cristiana

¿Qué es esto que me dicen de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no puedes seguir en tu puesto.

Lucas 16:2

Dios había creado el bello y perfecto mundo. Aunque, aparentemente no faltaba nada para que Adán y Eva fueran felices, Dios les dio un jardín especial. Una porción del tiempo debía ser ocupada para cuidar del jardín y de los animales, y otra porción para recibir la visita de los ángeles.

Desde el principio, Dios dejó en claro la importancia de reconocer la soberanía divina sobre sus criaturas y sobre todo lo que poseen. Esa era la esencia de la mayordomía o administración. Dios debía seguir siendo el dueño de todo: del mundo, de nuestro cuerpo y de nuestra vida, incluyendo pensamientos y sentimientos, decisiones e influencia.

Él nos dio talentos, trabajo, personas con las cuales nos relacionamos y pidió que seamos mayordomos de todas esas dádivas.

Diezmar y ofrendar forman parte de ese todo que Dios puso en nuestras manos. Esas acciones pueden ser un acto de fe, representando genuina entrega a Dios de nuestro yo, de nuestros bienes, o pueden ser meros actos mecánicos de nuestra parte, que expresan algo que hacemos por obligación.

La manera en la que devolvemos los diezmos y cómo ofrendamos tiene que ver más con la relación que mantenemos con Dios y la comprensión de quién es él que con dificultades financieras u otro motivo. Dios no nos obliga a nada, pero nos promete bendiciones si somos fieles a él.

Cuando reconocemos que nada nos pertenece y que somos tan solo administradoras de la vida, del trabajo, de nuestro cuerpo y de nuestros bienes, hay una motivación a hacer lo mejor con lo que tenemos y ofrecemos fielmente nuestras vidas a Dios.

La fidelidad no nos asegura la prosperidad material. La riqueza aquí es irrelevante si comparamos las bendiciones infinitas que él nos quiere dar. Él quiere derramar bendiciones que nos preparen para un mundo mucho mejor que este.

Por eso quiere transformar el egoísmo en altruismo; la autosuficiencia en dependencia completa de Dios; la arrogancia en humildad. Ese es el motivo por el cual nos invita para que seamos mayordomos fieles. ¿Reconoces la soberanía divina administrando sabiamente aquello que Dios te confió, devolviéndole lo que no te pertenece?

¡Él quiere derramar sobre ti bendiciones sin medida, y prepararte para un mundo mejor!