Categories

Archivos

Pastor con piel de cordero

Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.

Juan 10:11

Se cuenta la historia de un albañil que ayudaba en la construcción de una pequeña iglesia en el campo. La obra se realizaba en una zona rural donde se criaban muchas ovejas. De vez en cuando, estos animalitos pastaban cerca de la construcción.

Un día, mientras revocaba la fachada de la iglesia, el albañil perdió el equilibrio y cayó desde una altura de más de cuatro metros. Seguramente la caída lo habría llevado a la muerte o a graves secuelas físicas.

Pero, para su suerte, una oveja pasaba justo debajo del andamio en ese momento, y amortiguó la caída. Después de recuperar la conciencia, el albañil se levantó y vio que había mucha sangre en el suelo y en la lana de la oveja.

Al tocar al animal, se dio cuenta de que ya estaba muerto. Con la caída, la inocente ovejita había sido aplastada por el peso del joven. Literalmente, murió en su lugar. Al finalizar la obra, el albañil insistió en poner en la fachada de la iglesia una placa con el siguiente versículo bíblico: «Él fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades.

Sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz y gracias a sus heridas fuimos sanados»(Isa. 53:5, NVI). El albañil entendió, por experiencia propia, el incomparable sacrificio de Jesús en la Cruz.

Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En las Escrituras, Jesús es tanto Cordero como Pastor. Él entiende a sus ovejas porque experimentó en carne propia las necesidades, los sufrimientos y las angustias humanas.

Hebreos 4:15 dice: «Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado» (NVI). Como el buen Pastor, «Jesús nos conoce individualmente, y se conmueve con el sentimiento de nuestras flaquezas.

Nos conoce a todos por nombre. Conoce la casa en que vivimos […]. Cada alma es tan plenamente conocida por Jesús como si fuera la única por la cual murió el Salvador» (El Deseado de todas las gentes, p. 445). En este día, recuerda que Jesús nos cuida, nos protege, nos guía y nos salva.

Cuando estemos allá en el Cielo, se cumplirán las hermosas palabras de Juan: «El Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a fuentes de agua viva» (Apoc. 7:17).