«Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”».
Hechos 3:6
-La historia de hoy se parece a los milagros que hizo Jesús —inició la mamá-. Los discípulos habían recibido el poder del Espíritu Santo: sabían hablar varios idiomas y podían sanar enfermos y resucitar muertos.
-¿El Espíritu Santo los acompañaba siempre? -preguntó Susana.
-Siempre y cuando ellos respondieran al llamado que Dios les hacía -dijo la mamá-, porque los dones del Espíritu son para la edificación de la iglesia, no para que uno se sienta mejor o especial. Bueno, sigo con la historia que les estaba contando.
Una vez, un hombre paralítico de nacimiento supo que Jesús sanaba a los enfermos y quiso ir al templo para verlo, pero su problema se lo había impedido. Hasta que un día, por fin, sus amigos pudieron llevarlo al templo.
-Sí, pero Jesús ya no estaba, había muerto -dijo Mateo.
-Exacto. Al llegar al templo, el paralítico se enteró de que Jesús ya había muerto y resucitado. Sintió que había perdido la única esperanza que le quedaba. Sus amigos se compadecieron de él y cada día lo colocaban a la puerta del templo para que la gente le echara unas monedas.
Cierto día que Pedro y Juan fueron al templo, el paralítico les extendió la mano para pedirles unas monedas. Pedro le dijo que no tenía dinero para darle y al escuchar esas palabras el paralítico se desanimó.
Sin embargo, Pedro siguió hablando: «En el nombre de Jesucristo, levántate y anda». Pedro lo tomó de la mano y el paralítico se levantó. Lleno de alegría, entró al templo junto con ellos, alabando a Dios. El Espíritu Santo también se nos ha prometido a nosotros, que somos discípulos de Jesús. Él nos concede dones que debemos usar para la edificación de la iglesia -concluyó la mamá.
Tu oración: Querido Jesús, ayúdame a usar los dones que el Espíritu Santo me ha dado para tu gloria.
¿Sabías qué?
El paralítico sanado por Pedro tenía cuarenta años.

