Compré entonces a esa mujer por quince siclos de plata y un jómer y un létec de cebada; luego le dije: «Vas a vivir conmigo mucho tiempo, pero sin prostituirte. No tendrás relaciones sexuales con ningún otro hombre, y yo me comportaré de la misma manera contigo».
Oseas 3:2, 3
Oseas se casó con Gómer, una joven que le gustaba. Después del nacimiento de sus tres hijos, ella abandonó a la familia para ser prostituta. Cuando alguien se distancia de Dios, el enemigo la incita a vivir su propia vida y a ser feliz a su manera.
Independientemente de sus razones, el comportamiento egoísta de Gómer trajo gran sufrimiento a su esposo y a sus hijos. En los primeros días de prostitución, Gómer se sentía realizada.
Pero el placer del pecado es transitorio, no llena el vacío del corazón y muy pronto muestra su realidad. Gómer fue tras su propio placer de forma tan irresponsable que terminó endeudándose.
Como los deudores pagaban sus deudas entregándose como esclavos a los acreedores, Gómer fue llevada al mercado de esclavos. La linda y amada esposa de Oseas, una prostituta rechazada, estaba en exposición en el mercado de esclavos.
Oseas pagó el precio, y la compró para sí, no para ser esclava, sino para devolverla a su digna posición de esposa. Podría haberla humillado como ella lo había hecho con él, tratándola con indiferencia y desprecio, pero Oseas la amaba y la restauró a su posición en el hogar.
No sabemos durante cuánto tiempo Gómer estuvo en la prostitución. Pero, al volver, Oseas le dijo que necesitaría pasar por un tiempo de purificación de sus inmundicias.
O sea, contaminada con las enfermedades del pecado, pasaría un tiempo reflexionando, tomando decisiones y santificándose para su marido. Ese casamiento de Oseas tenía propósitos reveladores.
Dios lo eligió como profeta a fin de despertar a Israel a su alianza con el Señor. Simbólicamente, el casamiento de Oseas con Gómer era la realidad espiritual del pueblo.
El pecado nos hace intercambiar el confort del hogar por el lodo de donde salimos. Terminamos transformándonos en más vulnerables cuando le damos la espalda a nuestro propósito mayor y seguimos la dirección de la tentación.
Pero el corazón de Dios es perdonador. Él no se alegra con nuestro fracaso, por eso ya nos perdonó antes de que hubiéramos nacido. Si fuiste literalmente infiel a tu esposo o has sido infiel en tu andar con Dios, caminando lejos de sus caminos, vuelve hoy, él quiere restaurarte con su infinito amor.


