Porque no hay acepción de personas para con Dios.
Romanos 2:11
Dios ama a los musulmanes, y ellos lo perciben. Muchos se están convirtiendo a Cristo. El portal AcontecerCristiano.Net anuncia: “Mujer iraní evangeliza a musulmanes, y más de 1.500 aceptan a Cristo”, “Número de cristianos en Irán aumenta a tres millones”, “Mujeres musulmanas se convierten al cristianismo después de soñar con Jesús”.
En estos tiempos en que se sataniza a los musulmanes porque hay entre ellos extremistas agresivos, es bueno recordar que el Dios verdadero ama a todos los seres humanos. En el pasado, Dios demostró su amor por extranjeros y aun por los enemigos de su pueblo. Naamán el sirio, un capitán enemigo de Israel, fue curado de su lepra porque creyó que Dios podía sanarlo. Después de su curación, Naamán confesó su fe en el Dios que lo sanó, y nunca más atacó a Israel (2 Rey. 5). Por medio de una mujer fenicia, Dios alimentó al profeta Elías cuando era perseguido en Israel, y así salvó también a ella y a su hijo (1 Rey. 17:8-24).
Jesús realizó un viaje internacional a la región de Tiro y Sidón. Ahí lo encontró una mujer griega nacida en ese lugar, quien tenía una hija poseída de un mal espíritu. Después de dialogar con ella y de haber liberado a su hija, Jesús elogió su fe (Mat. 15:21-28). También curó al siervo de un oficial romano y exaltó su fe, pues el hombre dijo que bastaba con que Jesús dijera la palabra de sanación desde lejos (Luc. 7:1-10).
Jesús amo a los samaritanos, a quienes los judíos aborrecían. Evangelizó a una mujer de Sicar y se quedó algunos días con la gente del lugar, quien lo hospedó gozosa (Juan 4:1-42). Presentó también al buen samaritano como modelo de compasión y caridad (Luc. 10:30-37).
Entre el fuego cruzado de insultos y balas entre Oriente y Occidente, los musulmanes se están convirtiendo a Cristo, porque él no los insulta ni ataca. Les agrada el Jesús imparcial: el Jesús desarmado les inspira confianza; el Jesús compasivo subyuga su corazón; el Jesús heroico los deslumbra; el Jesús mártir los convence; el Jesús resucitado los atrae.
Mientras los musulmanes se convierten a Cristo, haríamos bien en abrirle la puerta de nuestro corazón también, porque él dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:20).

