Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya.
Génesis 4:4, 5.
En los albores de la humanidad, Caín mató a su hermano Abel. Sus caracteres se revelaron y sus destinos se definieron cuando Dios les pidió un holocausto. “Además de esto, debían presentar al Señor los primeros frutos de la tierra, como ofrenda de agradecimiento” -PP 58.
Abel obedeció, y Jehová envió fuego que consumió la víctima. Caín solo ofreció los frutos, y no fue aprobado. Dios quería un sacrificio cruento. El cordero inmolado era el tipo del Redentor futuro.
Caín se irritó porque Dios no aceptó su ofrenda, y tuvo envidia de su hermano. Dios le dio la oportunidad de sujetarse a sus designios, pero él persistió en su maldad, invitó a su hermano al campo, lejos de Adán y Eva, y lo mató. Cuando Dios confrontó a Caín, le hizo ver lo grave de su crimen, pero él no lo reconoció ni le dolió su hermano. Entonces le fue dictada la sentencia: La tierra que él mancilló con sangre humana le iba a negar sus frutos y, acicateado por la conciencia, iría errante por doquier.
Caín, arquetipo del mal, fue el primer hereje: creó la religión de la salvación por obras. Fue el primer perseguidor por motivos de conciencia: persiguió y mató a otro que no adoraba como él. Abel, arquetipo del bien, fue el primer mártir de Dios. Adoró a Dios con la sangre del cordero que prefiguraba al “Cordero de Dios” (Juan 1:29).
La voz de Abel fue acallada, pero su memoria permanece. “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo” (Heb. 11:4). En el seno de la tierra que bebió su sangre, Abel aguarda la llamada del ángel que lo despertará cuando el Señor Jesucristo regrese por sus fieles (1 Tes. 4:13-17).
Abel tuvo seguidores, pero también Caín. El bien y el mal pelearon por su medio, y así será hasta el fin de los siglos. El mismo odio fratricida que detonó el primer homicidio encenderá también la última batalla. Los falsos adoradores perseguirán a los verdaderos. Pero la historia tendrá otro final: Abel no volverá a caer (Isa. 26:20, 21).
¿Tienes un hermano? Ámalo, cuídalo, y comparte con él tu fe en Cristo, «el Cordero de Dios”.

