Retomemos la experiencia de la joven de ayer. Hundida en la depresión, no podía dejar de llorar. Quería volver a ser tan activa como había sido siempre, pero aquello era algo que, sencillamente, no estaba en su mano.
Lo único que sentía que podía hacer era llorar, quejarse por todo y de todos, y sentirse profundamente triste. Esto, lo único que hizo fue empeorar su situación. Pronto, sus rodillas y tobillos comenzaron a hincharse. Recurrió a terapias y especialistas, pero nada dio resultado.
Pasado un tiempo, la refirieron a una reumatóloga que, después de hacerle varios exámenes, le dijo con una expresión grave en el rostro:
-Tienes artritis reumatoide. Esto no tiene cura. Te recetaré corticoides y antiinflamatorios que deberás tomar por el resto de tu vida.
Allí mismo, ante la doctora y su propio esposo, rompió a llorar incontroladamente. No quería hacerlo, pero la magnitud de la noticia fue como un golpe demoledor para sus emociones. La amargura y el desconsuelo se habían apoderado de su vida.
Un día, en medio de su tristeza, se acordó de la parábola de la viuda y el juez que se encuentra en Lucas 18:1-8, y que Jesús contó «para enseñarles que debían orar siempre, sin desanimarse» (vers. 1). Fue a leerla de nuevo y quedó impactada.
Un juez injusto, que no temía a Dios ni a los hombres, fue capaz de no hacerle justicia a una pobre viuda que no dejaba de insistir ante él, así que ella pensó: «Si Jesús dijo que no debemos desmayar, seré como esa viuda insistente».
Particularmente el final de la parábola la hizo reaccionar: «Esto es lo que dijo el juez malo. Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá también a sus escogidos, que claman a él día y noche?» (vers. 6-7). La joven decidió convertirse en esa mujer que ora incesantemente por sanidad.
Una madrugada, se levantó de sus rodillas y comenzó a cantar: «Hoy me declaro sana». Después, Dios puso en su camino a un médico naturista que la ayudó a desintoxicar su organismo, le enseñó un estilo de alimentación sin lácteos ni otros productos de origen animal, y ella sanó por completo.
Hoy goza de salud, no tiene ningún dolor, y entiende que las promesas de Dios no están ahí solo para leerlas y disfrutarlas de una manera mística, sino para llevarlas a la vida y vivir con y por ellas.
«Ahora, hermanos, busquen su fuerza en el Señor, en su poder irresistible»
Efesios. 6:10

