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El profeta sin nombre

Devocional adventista para la mujer 2022

Cuando clamaron al Señor a causa de Madián, el Señor les envió un profeta.

Jueces 6: 7, 8, NTV

Cada vez que era el tiempo de la cosecha, una horda de madianitas los saqueaban, devorando y destruyendo todo a su paso, como langostas. Los israelitas, especialmente en las zonas rurales, no tenían cómo defenderse ante el ataque de estos beduinos. Por esto, se escondían en cuevas en los montes y en cavernas (Juec. 6:2). ¡Cavernícolas! El pueblo escogido de Dios había sido reducido a vivir como cavernícolas. ¿Por qué? Porque se habían olvidado de Dios. Durante siete años, los madianitas y los amalecitas los atacaron, sin dejar comida ni ganado vivo en Israel. Entonces, como último recurso, los israelitas clamaron a Dios.

Generalmente, creemos que Dios llamó a Gedeón para liberar a los israelitas inmediatamente después de esto. Sin embargo, alguien fue enviado antes que Gedeón: un profeta del que ni siquiera sabemos el nombre (Juec. 6:7-10). Este profeta preparó el camino para el liderazgo de Gedeón al dar un mensaje difícil pero necesario: Israel debía arrepentirse. El verdadero problema no eran los madianitas, sino la desobediencia de los israelitas. No sabemos nada más acerca de este profeta. ¡Absolutamente nada! Él dio su mensaje, sin nombre ni aplausos. Hizo su parte y desapareció de la historia. Así le abrió paso a Gedeón.

Hace falta más humildad para hacer las pequeñas tareas. Hace falta más fidelidad para cumplir debidamente con los roles “invisibles»; cuando tu nombre no aparece impreso en la lista de organizadores, cuando nadie te agradece o nadie te aplaude. O peor aún, cuando es otro quien se lleva los laureles, quien cosecha los frutos de tu labor. Sin embargo, en el Reino de Dios, la dimensión o la popularidad de una tarea no determinan su valor. En su libro A fin de conocerle, Elena de White escribe: “La importancia de las cosas pequeñas no es menor porque son pequeñas; en cambio, su influencia para el bien o el mal es enorme. […] La fidelidad en las cosas pequeñas en la realización de los deberes hace que el obrero de Dios refleje cada vez más a Cristo” (p. 330). La fidelidad de este profeta tuvo un impacto enorme, aunque no sepamos su nombre. ¡El aplauso lo recibirá en el cielo!

Señor, quiero servirte fielmente aun en las pequeñas tareas, las que nadie me agradece o me aplaude por hacer. Concédeme tu sabiduría para entender que la dimensión de una labor no determina su valor. Dame tu paciencia para dar lo mejor de mí, confiando que tú me recompensarás abundantemente.

Vanesa Pizzuto es licenciada en Comunicación Social por la Universidad de La Matanza, Argentina, y tiene un máster en Educación por la Universidad de Hertfordshire, Inglaterra. Es la autora de la serie de cuentos bilingües Amancay, publicada por este mismo sello editorial, así como de numerosos artículos. Trabajó como docente y como presentadora de radio para Radio Adventista de Londres. De nacionalidad argentina, Vanesa vive en Inglaterra.