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Productividad y compasión

Devocional adventista para la mujer 2022

Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él.

Lucas 10: 33, NVI

Mientras caminábamos por un parque, Lynette y yo hablábamos acerca de la adicción a la productividad. Obviamente, ser trabajadoras es importante y bueno. Sin embargo, hablábamos de cuán sencillo es creer que nuestro valor depende de la cantidad de tareas que logramos tildar de la lista de quehaceres. Si crees que no tienes este problema, entonces te propongo un desafío: Siéntate en una silla en tu casa y no hagas nada. Cuenta cuántos minutos puedes pasar así sin planear lo que harás mañana, sin usar tu teléfono móvil y sin levantarte para ir a lavar los platos, para ayudar a tu hijo/a o para hacer alguna otra cosa. ¡Te aseguro que será una experiencia muy estresante (y muy breve)! Tal vez estás pensando que este desafío es injusto, que si no tuvieras tantas cosas que hacer te encantaría poder relajarte. Y si bien es cierto que vivimos vidas extremadamente ocupadas, el problema es mucho más profundo: tiene que ver con nuestra identidad.

Nuestro valor no depende de cuánto logramos hacer en un período de 24 horas. ¡No somos máquinas! “Centrarse en la productividad no solo es deshumanizante -y en muchos casos, idolatría-, sino también a menudo nos desvía del llamado de Dios para nuestras vidas en este momento», escribe Duke Dillard en su artículo “Fruitful, Not Productive”. Si no somos cuidadosas, estaremos tan ocupadas que no tendremos tiempo para amar. Veremos cada interrupción y cada demora como un obstáculo para alcanzar nuestra meta (ganar aprobación a través de la productividad), en lugar de verlas como oportunidades camufladas.

El sacerdote y el levita de la parábola siguieron de largo cuando vieron al hombre herido, porque estaban demasiado ocupados (Luc. 10:25-37). Ellos no podían tocar a un hombre ensangrentado porque contaminarían sus ropas y ya no podrían servir en el Templo. ¡No había tiempo que perder, así que, siguieron de largo! Centrarse en la productividad los deshumanizó y les impidió ver el llamado de Dios para ese preciso momento. El samaritano, sin embargo, movido por la compasión (no por la eficiencia industriosa) se detuvo y ayudó al hombre herido.

Padre, muchas veces siento que mi valor depende de cuánto logro hacer (en lugar de a quién pertenezco). ¡Perdóname, y ayúdame a permanecer en tu amor! Durante estas 24 horas recuérdame que mi valor ya está asegurado, grabado para siempre en las manos de Jesús. Ayúdame a aceptar las interrupciones y las demoras a mis planes como posibles oportunidades para servir, como misiones camufladas.

Vanesa Pizzuto es licenciada en Comunicación Social por la Universidad de La Matanza, Argentina, y tiene un máster en Educación por la Universidad de Hertfordshire, Inglaterra. Es la autora de la serie de cuentos bilingües Amancay, publicada por este mismo sello editorial, así como de numerosos artículos. Trabajó como docente y como presentadora de radio para Radio Adventista de Londres. De nacionalidad argentina, Vanesa vive en Inglaterra.