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En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

1 Juan 4:10

El origen de la palabra ‘carácter’ es muy interesante. Proviene de un término griego que hacía referencia a un instrumento que servía para grabar o marcar una imagen. Se empleaba sobre todo en la ganadería, para identificar a las reses y a su propietario. La imagen hacía referencia a las características del dueño, sea por su nombre o por los rasgos de su naturaleza, o a sus creencias. Por ejemplo, en Atenas, donde eran muy devotos de Atenea, la diosa de la guerra y la sabiduría, se marcaban muchos objetos con una lechuza, que la representaba. El tetradracma, con su ave de grandes ojos, llegó a convertirse en la moneda de más valor hace unos 2.500 años.

Para los cristianos, quien nos marca, creando una imagen de Dios en nuestra existencia, es Jesús. Su amor por nosotros nos convierte en otras personas; su vida es el modelo que modifica nuestro ser, nuestro carácter. Como indica con total claridad Elena de White: “La belleza del carácter de Cristo se verá en sus seguidores. Para él, era una delicia hacer la voluntad de Dios. El poder dominante en la vida de nuestro Salvador era el amor a Dios y el celo por su gloria.

El amor embellecía y ennoblecía todas sus acciones. El amor viene de Dios. El corazón no consagrado no puede originarlo o producirlo. Solo se lo encuentra en el corazón donde reina Jesús. ‘Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero’ (1 Juan 4:19). En el corazón renovado por la gracia divina, el amor es el principio de acción. Modifica el carácter, domina los impulsos, controla las pasiones, apacigua la enemistad y ennoblece los afectos. Este amor, atesorado en el alma, dulcifica la vida y esparce una influencia refinadora en todo su derredor” (El camino a Cristo, p. 59).

La imagen de Cristo en nuestra vida hace que nuestros trazos sean precisos y aprendamos a dominar los impulsos. Permite que nuestras existencias tengan equilibrio y nos ejercitemos en limitar las pasiones. Asegura que nuestras tendencias caídas sean controladas, y experimentamos eso de tener pocos adversarios. Pone color a nuestro ser, y potencia lo mejor de nuestros cariños. El resultado no solo nos embellece, sino además despierta en los demás el anhelo de más belleza.

No hay marca como la del amor de Cristo, perfila el carácter como ninguna otra.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.