Categories

Archivos

Entrega

De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Juan 3:16

Dios no presenta teorías sobre la redención, redime. El enorme desafío del pecado tenía que ser equilibrado con una gracia enorme, y Jesús, el Hijo de Dios, concreta a la perfección tal solución.

No hay ninguna duda de que el amor tiene su origen en la Deidad. Allí se activa esa mecánica espectacular que resitúa todas las cosas. Esta mecánica, de la que solo podemos agradecer, nos embarga de tanta alegría que fluye hacia los que viven con nosotros.

Jesús es la energía salvífica más impresionante del cosmos, pero se entregó por nosotros como una rosada e indefensa criatura. La inmensidad supo concentrar en un ser tan diminuto la verdadera naturaleza del universo. Y aquel bebé creció en la gracia divina y maduró como la Persona que modificó la historia. Y es que al Señor le encantan las sorpresas, y nos asombra de tanto en tanto. Su más amado Hijo vino silenciosamente a los senderos de la Tierra, como uno más, discurriendo entre lo pequeño y lo magnífico, entre académicos y analfabetos, entre píos e impíos. Puso su tienda de campaña junto a nosotros, junto a sus hermanos.

No hubo en él ningún intento de diferenciación, se hizo igual porque en esa igualdad residía la solución. Y plantó la semilla del Reino de los cielos en muchos corazones; una semilla que cambiaría sociedades y pensamientos. Nos mostró que amar es un principio que no tiene límites, llega hasta nuestros enemigos. Abrazó a los más pequeños con el abrazo del que quiere. Defendió la verdad porque es esa parte de nuestro diseño que nos hace libres. Extendió sus manos a los demás, porque hay más necesitados de los que se creen en necesidad.

Sus pies pisaron los mismos espacios que marginados, religiosos, especialistas en la Palabra, pescadores, agricultores o soldados. No solo daba clases sobre lo bueno, lo practicaba. Y todo, para que entendiésemos de la forma adecuada a Dios, a quien llamaba “Padre”.

Y gracias a él comprendimos que la redención no solo era posible sino, además, no nos costaba nada. Que el Señor nos quiere de tal manera, que entregó lo que más quería para que volvamos a disfrutar de su presencia. Toda verdad que define lo que es Dios pasa por contemplar a Jesús y, como resultado, enamorarnos de él. Al vivir esa experiencia, también nos enamoraremos del Señor y, de forma natural, empezaremos a entender.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.