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Una mimosa en el norte

Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento, como la llovizna sobre la grama, como las gotas sobre la hierba.

Deuteronomio 32:2.

Detrás del edificio Bell en la Universidad Andrews hay un árbol muy especial. En primer lugar, porque no debiera estar donde está. Es un árbol de la seda (Albizzia julibrissin Durazz) y eso quiere decir que es de zonas calientes y, supuestamente, no podría desarrollarse en un lugar donde hace tanto frío en invierno.

Es, indudablemente, un superviviente. En segundo lugar, porque le encanta regalar color con sus etéreos pétalos. Al final del verano presenta una estampa bien florida, aunque cada flor solo dure un día. Eso nos habla de su belleza. Pertenece a la familia de las mimosas y se llaman así porque, en la antigüedad, muchos pensaban que expresaban sus emociones cuando contraían sus hojas. Por eso, lo imagino como un árbol afectuoso.

Las personas mimosas, en este mundo de competencia, también son supervivientes. Se suele hablar de forma políticamente correcta, pero el cariño, el roce sano y amistoso, la actitud de simpatía no son el método usual de las relaciones. Jesús, sin embargo, nos enseña a ser personas afectivas.

Él lo era. Si no lo hubiera sido, ¿cómo se le habrían acercado los niños?; ¿En razón de qué se hubiese recostado Juan sobre su pecho?; ¿Por qué habría llorado junto a la tumba de Lázaro? Le fascinaba regalar color, cada día, a las personas. Le encantaba abrazar niños y presentarlos como modelos de un Reino que comienza en los cielos y se extiende al corazón. Le gustaba apoyar a adolescentes, y ponía no solo el pecho por ellos sino su misma alma.

Sufría con los que sufrían, se alegraba con los alegres. Mateo 24:12 dice que “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”. Es una profecía que no se debiera dar entre nosotros. Quizá puedan pensar que hay cada vez más decepciones. Sí, las hay. Y más frialdad y, posiblemente, más rechazo, pero nosotros somos como el árbol de la seda. Somos gente que ama, gente empática, gente que mantiene su cariño a pesar de los pesares.

Platón dijo una frase que me parece muy acertada: “El amor es la alegría de los buenos, la reflexión de los sabios y el asombro de los incrédulos”. Somos llamados a alegrar con la palabra y el hecho cariñosos. Llamados a meditar con la mirada en los demás. Llamados a dar fe a aquellos que sienten el frío en su alma.

No creo que te cueste demasiado porque, lo tengo claro, es fácil ser una persona mimosa.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.