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Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; ya que lo que alguno ve, ¿para qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.

Romanos 8:24, 25.

El premio Nobel de Literatura José Saramago escribió una novela titulada Ensayo sobre la ceguera. La ficción trata sobre una extraña enfermedad que va dejando ciega a toda la población de una ciudad, excepto a una persona.

Es un texto descarnado, que destapa los peor del ser humano pero que menciona algunas verdades del mundo en el que vivimos. En cierto momento se dice: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Parece un juego de palabras pero representa una gran realidad.

Pablo diferencia entre dos tipos de esperanza: la que se ve y la que no. Y, para él, la que se ve no es esperanza. ¿Qué será entonces? Puede ser algunas cosas que se parecen a la esperanza, pero que no lo son. ¿Podrían ser aspiraciones? Es muy posible. Todos tenemos aspiraciones.

Si se pregunta a un niño qué quiere ser de mayor, dará respuestas muy divertidas. Si se pregunta a un universitario disfrutaremos contemplando la energía y los anhelos de proyectarse.

Si se pregunta a un adulto…, muchas aspiraciones chocan con la realidad personal y los resultados no siempre son los esperados. Aspirar a la jubilación será muchas cosas, pero no es esperanza. ¿Podría ser ilusión? Puede ser…. De hecho, algunas personas ponen sus esperanzas en elementos externos a ellos.

Un ejemplo es la lotería o cualquier juego de esas características. La mirada brillante de alguien que ha comprado un boleto puede parecer esperanza, pero es solamente ilusión. Solo hay que ver dónde está ese boleto al día siguiente de que se haya otorgado el premio. Una casa, un auto, un gadget de última generación pueden generar mucha ilusión.

Al menos, hasta que los tenemos. Luego necesitamos otro objeto que se convierta en ilusión. Tanto las aspiraciones como las ilusiones se visualizan, son algo concreto que existe temporalmente.

La esperanza, por contraste, se asocia con la salvación. Y la salvación genera un panorama nuevo donde lo material, lo de ahora, lo momentáneo ya no es relevante. El panorama que se nos ofrece es tan amplio que lo cercano pierde su sobredimensión.

No acertamos a ver más que el horizonte, pero solo con eso la perspectiva cambia. Por eso la esperanza es una visión del mundo. No sabemos específicamente cómo van a ser las cosas, solo sabemos que van a ser y esa confianza lo altera todo. Parece ceguera pero no, no lo es.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.