Pero el Señor dijo a Josué: «¡He entregado en tus manos a Jericó y a su rey con sus guerreros!
Josué 6:2
Los hebreos entraron a Canaán. Como los espías habían dicho, el pueblo de aquella región tenía poder, caballos y carros de batalla. Además, conocían el territorio y estaban adiestrados para la guerra, así que tenían grandes ventajas.
La primera ciudad que debía ser conquistada era Jericó, una de las principales sedes del culto idólatra, dedicado especialmente a Astarot. La ciudad estaba rodeada de sólidas murallas y los lujosos palacios y templos donde sucedía todo lo más vil y degradante en la región de los cananeos hacían de esa ciudad un desafío al Dios de Israel.
Los hebreos simplemente fueron instruidos a marchar alrededor de ella, tocando trompetas y llevando el arca de Dios. Primero, iban los guerreros, seguidos por siete sacerdotes con trompetas; después, el arca de Dios rodeada por la gloria divina, llevada por los sacerdotes vestidos con los trajes de su sagrado oficio. Atrás, marchaba el ejército de Israel, cada tribu bajo su bandera.
Durante la marcha, solo se oía el sonido de los pies y el estruendo solemne de las trompetas haciendo eco por las colinas y resonando a través de las calles de la ciudad. Cuando terminaban, el ejército volvía silenciosamente a sus tiendas, y el arca al tabernáculo.
Los guardias de la ciudad observaban cada movimiento y lo transmitían a las autoridades. No entendían ese misterioso ritual. El miedo se apoderó del pueblo y de los sacerdotes paganos. Revisaron sus defensas y concluyeron que eran muy poderosos como para ser vencidos.
En las primeras horas del séptimo día, el vasto ejército marchó en silencio alrededor de los muros. Los sólidos muros de piedra maciza seguían firmes. Los vigías miraban desconfiados. ¡Qué suspenso! Dieron seis vueltas.
¿Qué misterio era aquel? Terminada la séptima vuelta, el ejército se detuvo. Entonces las trompetas resonaron ensordecedoras, y los muros se balancearon y cayeron al suelo. Los habitantes de la poderosa y orgullosa ciudad, paralizados de terror, terminaron siendo una presa fácil. Y el ejército de Israel entró y tomó la ciudad.
Dios aún hoy desea hacer grandes cosas por los que confían en él. A veces, nuestra fuerza parece muy pequeña porque confiamos demasiado en nuestra propia sabiduría. Confía en el Dios de los ejércitos, que derribó los muros de Jericó. Él derribará los muros que te impiden avanzar en dirección a la Canaán celestial.

