Y Acán le contestó: «En verdad, confieso que he pecado contra el Señor y Dios de Israel.
Josué 7:20
A veces, los deportistas usan a Dios queriendo resolver polémicas que de otra manera los inculparían. Ese fue el caso con el gol conocido como «la mano de Dios», marcado por Diego Maradona durante el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en la Copa Mundial de la FIFA de 1986, celebrada en México.
En el segundo tiempo del partido, Maradona saltó para disputar un balón aéreo con el portero inglés, Peter Shilton. Maradona golpeó el balón con su mano izquierda y lo desvió hacia la portería, mientras que Shilton no pudo alcanzarlo. El árbitro tunecino, Ali Bennaceur, no vio la mano de Maradona y permitió que el gol contara. Después del partido, Maradona comentó que el gol fue marcado «un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios», de ahí el nombre «la mano de Dios».
El árbitro no marcó mano en esa jugada, principalmente porque no la vio. La acción ocurrió rápidamente, y la mano de Maradona fue sutil y rápida. Además, en 1986, la tecnología para la revisión de jugadas no estaba disponible como lo está hoy en día, lo que significaba que el árbitro debía tomar decisiones en tiempo real y basarse en su propia percepción y en la de los árbitros asistentes. En este caso, Ali Bennaceur no pudo percibir la infracción y, por lo tanto, permitió que el gol contara.
Maradona admitió públicamente que utilizó su mano para marcar ese gol. En diversas ocasiones, reconoció que el gol fue ilegal y que lo marcó con la mano. Aunque inicialmente trató de justificarlo como un gol legítimo, con el tiempo admitió la trampa y se disculpó por ello. Sin embargo, también expresó que era parte del juego y que no se arrepentía de haberlo hecho.
Una cosa es admitir haber hecho algo mal, y otra muy diferente es manifestar arrepentimiento por el mal cometido. Eso le pasó a Acán cuando Israel derrotó a Jericó, pero fracasó ante Ali. Acán confesó su falta, pero no pidió perdón ni se arrepintió por ello. En los últimos días, los pecadores aceptarán la justicia de Dios al castigar su impiedad, aunque no se arrepentirán. El propio Satanás doblará la rodilla en reconocimiento de su pecado, pero su corazón permanecerá inconmovible. Por nuestra parte, no temamos equivocarnos; temamos endurecer nuestro corazón y no arrepentirnos.


