¿Dónde estabas tú cuando puse los cimientos de la tierra? Dímelo, ya que sabes tanto.
Job 38:4, NTV.
Un día, mi hijo Rafael se acercó a mí con un cuaderno lleno de preguntas en sus manos. «Papá, ¿por qué la palabra ‘sobreesdrújula’ es esdrújula? ¿Por qué al que gruñe mucho se le dice gruñón y al perro que ladra mucho no se le dice ladrón?
¿Por qué el pan integral se llama pan negro si en realidad es marrón?», entre otras. Confieso que me sorprendí en ese momento, pero lo miré y le respondí: «Tranquilo, hijo. iNo todo en la vida tiene respuesta!»
Él sonrió, cerró el cuaderno, dio media vuelta y dijo: «¡Me gustó la respuesta!» Ahora el que tenía intriga era yo. «¿Por qué este niño me está preguntando tantas cosas?», pensé. Investigadores británicos realizaron un estudio con niños de 2 a 10 años y descubrieron que un niño hace, en promedio, 73 preguntas al día. Desafortunadamente, a medida que crecemos, perdemos esa curiosidad espectacular y creemos que ya tenemos todas las respuestas.
En los capítulos finales del libro de Job, encontramos al propio Dios haciéndole decenas de preguntas al patriarca. Estos cuestionamientos incluían aspectos de la naturaleza como la astronomía, la botánica y la zoología. Pero ¿por qué Dios se le apareció en medio de un torbellino (Job 38:1) a su afligido hijo y le hizo tantas preguntas? Recordemos que Job había perdido prácticamente todo: hijos, sirvientes, animales y su propia salud.
Solo le quedaban su esposa, pocos amigos y la vida. Había sufrido, sin saberlo, a manos de Satanás. ¿Por qué al final de la historia Dios no le explicó a su siervo la razón de su sufrimiento? Si Job era un hombre «integro e intachable que temía a Dios» (Job 1:1, NVI), ¿para qué tanto dolor? Las preguntas dirigidas a Job no tenían la intención de explicar por qué el mal existe, sino de revelar al agotado patriarca quién era Dios.
Esto nos enseña que una comprensión clara del carácter y del poder de Dios es más importante que una explicación de los hechos. Cuando Job vio la gloria del Señor, sus dudas se disiparon. Solo le quedó decir: «Ahora te veo con mis propios ojos» (Job 42:5, NVI).
Puedes tener la seguridad de que el mismo Dios que afirmó los cimientos de la Tierra está cuidándote hoy. Tal vez no entiendas todos los porqués de la vida, pero un día él te dará todas las respuestas. Lo que necesitas hacer ahora es solo confiar.


