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Migajas

Ella replicó: «Sí, Señor. Pero aun los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Mateo 15:27

El versículo de hoy pertenece a una historia «invertida» de la Biblia. En ella encontramos a Jesús asumiendo una postura diferente de la que estamos acostumbrados a ver en los evangelios.

Aparentemente, fue rudo con la mujer sirofenicia, pues actuó con indiferencia ante la petición que ella le hizo en favor de su hija, que estaba terriblemente endemoniada. En general, los judíos no veían a los gentiles con buenos ojos.

Ellos eran discriminados y considerados animales inmundos. Se los trataba como cerdos o perros. Los judíos entendían que las bendiciones de la salvación les pertenecían solo a ellos y que estas serían un desperdicio en la «mesa» de los extranjeros.

La situación era tan dramática que en muchas de las oraciones de Israel se pedía que Dios viniera a extirpar, subyugar y humillar a los enemigos gentiles de la nación. Probablemente la razón de esta hostilidad se remonte a los tiempos de la esclavitud y el exilio que los judíos sufrieron en tierras paganas.

Sin embargo, esta mujer no tenía la culpa de aquel lamentable historial. Ella era una víctima de los conflictos políticos, religiosos e incluso espirituales. Para empeorar la situación, Jesús y sus discípulos le dieron la espalda, como si fuera un perro callejero, y confirmaron así la discriminación vigente.

Pero aquí entra la belleza del relato. A pesar de todas las condiciones desfavorables, la pobre mujer confió en Jesús como el único capaz de resolver su problema. Incluso ante el aparente desprecio del Maestro, ella creyó con todas sus fuerzas y suplicó las «migajas» de bendiciones que caerían de la mesa del Salvador.

En respuesta a esa actitud, Jesús dijo: «Mujer, igrande es tu fe! Sea hecho como quieres» (Mat. 15:28). Y, en ese mismo instante, su hija fue sanada. Pero ¿por qué Jesús actuó de esa forma?

Elena de White comentó que fue una «reprensión implícita para los discípulos […], destinada a recordarles lo que él les había dicho con frecuencia: que había venido al mundo para salvar a todos los que querían aceptarlo» (El Deseado de todas las gentes, pp. 366, 367).

Tal vez tú también hayas sufrido discriminación y un aparente abandono por parte de Dios. No te desanimes. Incluso las «migajas» del banquete divino están llenas de amor y misericordia, y son capaces de resolver las peores pruebas.