No codicies la casa de tu prójimo: no codicies su mujer, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que le pertenezca.
Éxodo 20: 17
¿Hemos oído la expresión «la gallina de los huevos de oro»? Esta frase proviene de una fábula atribuida a Esopo, un antiguo poeta griego. Un granjero y su esposa descubren que una de sus gallinas pone huevos de oro.
Sin embargo, en lugar de esperar pacientemente a que la gallina siga poniendo huevos, deciden matarla pensando que encontrarán oro en su interior. Al darse cuenta de su error, concluyen que hubiera sido mejor conservar lo que tenían.
Dan Saunders es alguien de quien podríamos decir que encontró «la gallina de los huevos de oro». En 2011, Saunders trabajaba como barman en Wangaratta, Australia. Durante una noche de copas con un amigo, descubrió que un cajero automático le permitía retirar más dinero del que tenía en su cuenta bancaria.
Dan aprovechó este fallo en el sistema y comenzó a retirar grandes cantidades de dinero. Durante cuatro meses, Saunders disfrutó de una vida lujosa, gastando el dinero en fiestas, viajes y ayudando a sus amigos a pagar sus deudas.
Según Saunders, debió haber gastado aproximadamente 500 000 dólares australianos. En noviembre de 2014, Dan fue arrestado y acusado de 111 delitos relacionados con fraude, engaño y robo.
Finalmente, se declaró culpable de los cargos. La historia de Dan Saunders ha llamado la atención de los medios y se ha convertido en la base de una película titulada ATM Boy.
La película cuenta la historia de un barman australiano que descubre un fallo en su tarjeta de cajero automático y se embarca en una frenética aventura de gastos desenfrenados.
Como advierte la fábula de Esopo, hay serios peligros en la codicia. El ser humano se torna impotente ante la fuerza del deseo y acaba víctima de su poder. Para protegernos de la autodestrucción, el Señor nos dejó su ley en diez mandamientos, los cuales incluyen uno relativo a la codicia.
Dios sabía que el corazón inconverso sería víctima fácil de las seducciones de los bienes materiales o de las experiencias sensuales. Tiene que haber un límite que reconozca la propiedad ajena y la respete.
Según la Biblia, el mal pensamiento promueve un mal deseo, el cual a su tiempo da a luz una mala acción (Proverbios 4: 23; Santiago 1: 13-15). Pero Dios quiere hacernos conscientes de que no somos un impotente esclavo de los deseos.
Dentro de nosotros hay una fuerza, la voluntad, misma que, bajo el control de Cristo, puede someter cualquier deseo ilegítimo.


