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La venganza

No tomen venganza, queridos hermanos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor.

Romanos 12:19

Amargado y rebelde, Absalón volvió del exilio de dos años por el asesinato de Amnón. A lo largo de cuatro años, había trazado planes para apoderarse del trono de su padre. Preparado para el golpe, fue a Hebrón, donde emisarios secretos advirtieron al pueblo.

Así hicieron sonar las trompetas y Absalón se declaró rey. Cuando llegó la noticia a Jerusalén, David y seiscientos hombres huyeron rápidamente. Y Absalón tomó el reino.

Uno de los hombres a quienes Absalón llamó para ser su consejero fue Ahitofel (o Ajitofel), que había sido uno de los principales consejeros de David, famoso por su sabiduría, y cuya opinión se juzgaba segura y prudente.

Ahitofel se adhirió a los conspiradores, atrayendo a otros hombres de influencia. Sin sabiduría divina, aconsejó a Absalón a violar a las concubinas de David en público.

Cuando se vio traicionado por Ahitofel, David pidió que Husay, otro consejero, volviera a Jerusalén y contrariara su consejo. Husay aduló a Absalón, y este aceptó sus servicios.

Durante la planificación de la batalla, Ahitofel sugirió organizar un ejército de 120.000 hombres para buscar a David y matarlo. El consejo agradó a Absalón y a sus ancianos.

Pero Absalón llamó a Husay, y este contrarió el consejo de Ahitofel, dando otra sugerencia, que luego fue acatada por Absalón. Informados acerca de sus planes, los hombres de David vencieron al ejército de Absalón.

Entonces el hijo de David fue muerto. Ahitofel, viendo que su consejo había sido ignorado, fue a su casa, puso sus negocios en orden y se ahorcó. ¿Qué motivó a este respetado consejero a traicionar a David? «La deserción de Ahitofel, el más capaz y astuto de los dirigentes políticos, era motivada por un deseo de vengar el deshonor de familia entrañado en el agravio hecho a Betsabé, que era su nieta» (Elena de White, Patriarcas y profetas, pág. 795).

El deseo de venganza produce injusticias y puede causar desequilibrio emocional y físico. Es un veneno que, en lugar de alcanzar al otro, lo termina ingiriendo uno mismo. Por eso, el consejo de Pablo es relevante.

La venganza pertenece a Dios porque él es justo y sabio. Su venganza es diferente a la nuestra. Él quiere cuidarnos de tomar ese veneno. ¿Estás acariciando el deseo de venganza? Líbrate de ese veneno y deja la venganza para Dios.