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Vidas y palíndromos

Después Rubén volvió a la cisterna y, al no hallar dentro a José, rasgó sus vestidos. Luego volvió a sus hermanos y dijo: El joven no aparece; y yo, ¿adónde iré yo?

Génesis 37:29, 30

Hay palabras o frases que se pueden leer de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y tienen el mismo sentido. Se los llama palíndromos. Hay palíndromos muy conocidos en español como “anilina” o “radar” o una ciudad argentina llamada “Neuquén”. Es de destacar la famosísima frase de León VI, el emperador bizantino: “Nipson anomemata me monan ospin” (Lavad vuestros pecados, no solamente vuestros rostros).

Rubén era el primogénito y estaba expuesto a las demandas de su condición, y a la vez, a las tendencias de su corazón. Aquel día se volvió a encontrar con sus disonancias. Por un lado, no quería perder el favor de sus hermanos y, por el otro, no quería hacer daño a José. Se hallaba en un impasse, una situación difícil de resolver. Rubén intentó solucionarlo con diplomacia, con un momento de pausa. ¿Dónde fue? No lo sabemos. Sí sabemos que, en su ausencia, vendieron a José como esclavo. ¿Halló una solución diplomática? Tampoco lo sabremos. Sí sabemos que la pasividad no ayuda demasiado.

Rubén volvió y José no estaba. Fue entonces cuando entró en un bucle insospechado, un mal momento de ofuscación. Tan turbado estaba que solo supo expresarse con palíndromos. En el original hebreo suena así: wa aní anah aní va.

Nuestra traducción lo expresa de forma excepcional: “Y yo, ¿adónde iré yo?” ¡Qué pregunta! ¡Qué tristeza! José iba camino de Egipto y Rubén no reaccionaba, solo pensaba en él y en cómo iba a quedar ante su padre. Sabemos que Rubén volvió y mintió, igual que mintieron sus hermanos. No supo lavar sus pecados, solo su cara. Y, así, vivieron vidas palíndrómicas, yendo y viniendo de un lado para el otro con sus incoherencias.

Muchos de nosotros somos hijos de la disonancia (Apoc. 3:14-22), de la posmodernidad, y nos atrae mucho más quedar bien que hacerlo bien. Ante el impasse, nos colocamos en “pausa”. Pero no estamos obligados a vivir en este bucle. Podemos salir del relativismo y afrontar la vida con coherencia, solo hay que abrir la puerta a Jesús. Cenar con Cristo, confiar en él, es el principio de la victoria.

Él nos quiere ahí, en casa, cerca, comprometidos. Además, nos ruega que nos lavemos los ojos, con un poco del colirio que nos hace ver la realidad de las cosas. Y, con la visión clara, todo se enfrenta de otra manera. Ya no hay bucles ni ofuscación. Es cuando podemos afirmar: “Y yo, Señor, contigo sé adónde iré”.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.