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Un Salvador de lo más normal

Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.

Lucas 7:34

El 12 de enero de 2007, en el metro de Washington, Joshua Bell, uno de los mejores violinistas contemporáneos, se puso una gorra de béisbol y comenzó a tocar. En sus manos tenía un Stradivarius de 1713, valuado en 3,5 millones de dólares, y las piezas que ejecutó eran de las más complejas que jamás se hayan escrito para violín.

Esperaba que decenas de personas se detuvieran a escuchar, como lo habían hecho pocos días antes en el Boston Symphony Hall. No fue así. La prisa venció a la belleza. Uno de los pocos viandantes que se paró a escuchar fue John David Motensen, un funcionario del departamento de Energía, porque esa música le hacía sentir paz. Joshua Bell repitió el experimento en el mismo lugar siete años después. Las circunstancias no fueron las mismas porque la gente sabía acerca del evento y el lugar se llenó de gente.

Es curioso cómo, por culpa de las presiones diarias, no siempre detectamos la belleza. Cuando Cristo vino, decidió hacerlo como alguien normal. Y se puso su gorra de béisbol y empezó a tocar melodías jamás escuchadas.

¿Quién se hubiese imaginado ese allegro (con alegría) con Zaqueo, a quien le faltó tiempo para descender del sicomoro y montar una fiesta? ¿O ese scherzo (con diversión) con la mujer samaritana? Un divertimento que acabó en conversión.

¿O ese giocoso (con juego) cuando abrazaba y volvía a abrazar a los niños? ¿O ese vivace (con vida) en la resurrección de Lázaro? ¿Y, sobre todo, ese passionato (con pasión) de la muerte en la Cruz? Allí, en la parada del metro del Gólgota, apenas unas decenas se pararon. Unos pocos comprendieron la grandeza de su obra, tres mujeres y un adolescente.

Un soldado, funcionario del departamento de Torturas, sintió paz. Y decenas lo ignoraron. ¡Qué pena, porque esa Cruz valía millones y millones de vidas! Quizá nuestro Salvador era demasiado normal, demasiado parecido al ser humano como para que comprendiéramos su belleza.
Pasó una vez, pero no vamos a dejar que suceda de nuevo.

El compromiso, la alianza del pueblo de Dios, es la de que todo el mundo se entere de que Jesús vuelve a dar el concierto de la historia. Lo van a acompañar miríadas de ángeles con sus trompetas, y nosotros tenemos una participación en el coro.

No consientas que nadie pierda la oportunidad de estar presente apreciando su inmensidad. Permíteles que reconozcan lo bello. Coméntaselo a todos porque Cristo vuelve.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.