Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.
Efesios 2: 8-9
Después del primer siglo de la era cristiana Pablo había dejado muy en claro que la salvación no era un atributo humano. La Iglesia creció con la libertad. de saber que todo aquel que había aceptado a Cristo era salvo por su fe en él y comprendía muy bien que no había una obra buena que la hiciera digna para ser salva, sino que era consciente de que la salvación era solo por la gracia de Cristo.
Sin embargo, con el paso del tiempo, siglo tras siglo, y la muerte de las generaciones pasadas, esta verdad se fue olvidando, dando paso a creencias realmente increíbles. Ya en plena Edad Media las verdades enseñadas por Pablo no solo se habían olvidado, sino que eran consideradas hasta herejías. Así, la cristiandad empezó a creer y a practicar la salvación por las obras.
Por supuesto, hubo teólogos que reforzaron esta idea y cuyas enseñanzas persisten hasta hoy. Uno de los más prominentes fue san Agustín de Hipona. El mundo cristiano llegó a convencerse de que para salvarse no era suficiente la muerte de Cristo, sino las buenas obras y las penitencias.
Empezaron las peregrinaciones a Roma con fines salvíficos, las caminatas de rodillas en las escaleras de Pedro para ganarse el favor de Dios, las autoflagelaciones para demostrar el arrepentimiento, las cooperaciones financieras para hacer méritos en el cielo, la adoración de reliquias religiosas como algo sagrado, las confesiones de los pecados ante los sacerdotes para recibir el perdón, la adoración a las imágenes de apóstoles y santos para que ellos intercedieran ante el Padre y, por supuesto, la aberrante mentira de comprar indulgencias y permisos para pecar.
Aunque Lutero desempolvó un poco las verdades de la Biblia en el siglo XVI, una gran parte de personas sigue creyendo que para salvarse tiene que hacer obras buenas para ser digna de salvación. La Biblia dice claramente que todos son salvos por gracia y no por obras. No hay nada que puedas hacer; todo lo que hace el ser humano, vestido con naturaleza carnal y vendido al pecado, está salpicado de inmundicia pecaminosa.
Fue por esa razón que Jesús murió. Cristo ganó lo que no podías hacer; eres salvo si voluntariamente aceptas sus méritos hechos en la Cruz. Claro está que, cuando aceptas a Jesús, su santo Espíritu cambiará tu vida, te hará idóneo para toda buena obra, no para salvarte, sino porque ya serás salvo. En este día te invito a aceptar los méritos de Cristo. No hay nada bueno en ti que merezca la salvación, pero Jesús murió por ti y ahora eres candidato del reino de los cielos por su gracia.


