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Felices los muertos

Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor». «Sí -dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan.

Apocalipsis 14:13, NVI.

La muerte es una enemiga cruel e implacable, capaz de derrotar a cualquier persona: hombres y mujeres, ricos y pobres, celebridades y desconocidos. Ha transformado nuestro planeta en el «cementerio del universo», un lugar de tristeza y separación.

A diferencia de lo que algunos piensan, no es una hermosa transición hacia otra dimensión, sino una puerta cerrada. No fuimos creados para morir. Dios nos hizo para disfrutar de la felicidad eterna a su lado.

Sin embargo, el pecado desfiguró ese plan después de que el ser humano eligiera desobedecer al Señor. Al ser expulsados del jardín del Edén, Adán y Eva perdieron el acceso al árbol de la vida y «presionaron el botón» de su propia cuenta regresiva.

Sin embargo, Dios ya había establecido un plan para salvar a la raza humana de la muerte eterna. El apóstol Pablo escribió lo siguiente: «Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 6:23).

La única solución para la muerte se llama Jesucristo. Él dijo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Juan 11:25). La tumba y todos los demonios no fueron lo suficientemente poderosos como para detener al Hijo de Dios, al Autor de la vida (Hech. 2:24).

John Stott comentó: «La Cruz fue la victoria ganada; y en la resurrección, la victoria, fue respaldada, proclamada y demostrada» (A Cruz de Cristo, p. 212). Hoy tenemos la esperanza de que, al regresar a la Tierra, Jesús resucitará a todos aquellos que murieron creyendo en él.

La Biblia dice: «Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Jesús a los que durmieron en él» (1 Tes. 4:14). Por ahora, aquellos que durmieron en el Señor están solo «descansando de sus fatigas».

De acuerdo con el versículo de hoy, son «felices», «dichosos», pues su victoria está garantizada mediante los méritos de Jesús. El ataúd del creyente es un cofre, una caja de joyas que guarda un bien precioso para el día de la resurrección.

Muy pronto, aquel que posee las llaves de la muerte y del sepulcro (Apoc. 1:18) traerá de vuelta a los que murieron confiando en aquella «bendita esperanza» (Tito 2:13).