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Influencia a largo plazo

Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia.

Tito 2:2.

Cuentan que el rebe Isaac Lev de Berdichev era un hombre bueno y paciente. Un día de ayuno pasó al lado de un restaurante que no cumplía con las prescripciones alimentarias judías, y observó que un miembro de su comunidad estaba comiendo allí. Tocó en la ventana y le pidió que saliera.

–¿Sabes que hoy es un día de ayuno? –dijo el rebe.
–Sí, lo sé –contestó aquel hombre.

–¿Sabes que este restaurante no cumple los preceptos alimentarios que respetamos los judíos.

–Sí, lo sé, rebe –volvió a contestar.

Aseguran que el anciano rabino levantó los ojos al cielo y dijo:

–Señor del Universo, observa qué hijos tan maravillosos tienes. Pueden comer en un día de ayuno, incluso en un restaurante no kosher, pero jamás sacarás una mentira de sus bocas.

¿Por qué alguien de tanta influencia dijo algo así? Porque sus batallas no se libraban a corto plazo. El poder es para el hoy, y la paciencia es para el mañana.

Una frase amable ante una persona que no hacía las cosas bien no es identificarse con lo irregular, sino dejar una puerta abierta para el futuro. El rabino no pensó en el ahora sino en el luego, buscó pacientemente lo mejor del otro para crear un vínculo.

Cuando Pablo menciona a Tito cómo deben ser las personas que tengan la responsabilidad de liderar la iglesia, presenta algunas características que hacen a su naturaleza. Destaco dos. Deben amar porque el amor es la mejor herramienta de liderazgo del universo. Y añade que deben ser pacientes, porque su influencia debe ser a largo plazo.

Liderar, ser una persona influyente (y todos lo somos), implica participar de la estrategia de Dios. Dios trabaja a corto plazo, por eso nos llama cada día a un encuentro. Trabaja a medio plazo, por eso lo vemos intervenir en nuestras historias personales.

Y a largo plazo, por eso ha diseñado un plan de redención para todos. La paciencia nos permite llegar a todos esos momentos. El ya, que es el que más nos gusta porque nos da cierta sensación de poder, es de Dios.

Al final, el que toca el corazón es el Espíritu Santo. El luego pertenece a Dios porque tiene el poder de hacer posible lo imposible. Y el por último, pertenece a Dios porque es quien pone las cosas en su sitio. Nosotros, simplemente, lo acompañamos en ese proceso.

En síntesis, sé paciente porque así das espacio a las oportunidades, y todos necesitamos una.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.