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Refugio en la sangre

Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, nuestra segura ayuda en momentos de angustia.

Salmo 46:1

Eran las tres de la mañana. Me desperté asustado por el ruido del candelabro y por la cama que se balanceaba fuertemente. Estaba en una habitación de hotel en Chile durante un viaje con el cuarteto Arautos do Rei.

En milésimas de segundo, mi cerebro decodificó el mensaje: iera un terremoto! Inmediatamente, salté de la cama y fui hacia la ventana. Mi compañero de cuarto, el pastor Jairo, también se despertó atónito. Afortunadamente, eso fue «solo» un temblor, el único que sentimos durante ese viaje.

Los terremotos son comunes en Chile, ya que el país se encuentra en una región de alta inestabilidad geológica debido al choque de las placas tectónicas de Nazca y Sudamericana.

Debido a los frecuentes terremotos, los chilenos aprendieron a construir sus edificios con vigas de concreto armado para disipar la energía liberada por los temblores. Además, en muchos lugares hay señales que indican los puntos de refugio.

Cuando pasamos por una experiencia como esa, la sensación es de total inseguridad. Somos frágiles e impotentes ante situaciones extremas y adversas. A menos que corramos a un lugar seguro donde haya protección y refugio, no sentiremos paz.

Varias veces, la Biblia presenta la idea del refugio que se encuentra en Dios. Frecuentemente, este concepto está relacionado con el derramamiento de sangre, como cuando los israelitas aplicaron la sangre del cordero a los postes de las puertas para evitar la muerte de los primogénitos (Exo. 12:13).

Otro ejemplo tiene que ver con las ciudades de refugio dadas a los levitas (Núm. 35). Cuando el pueblo de Israel entró en Canaán, Dios pidió que se separaran seis ciudades de refugio para que acogieran al homicida involuntario que huía del «vengador de la sangre», es decir, del pariente cercano de la víctima.

Las ciudades estaban ubicadas en puntos estratégicos y sus caminos debían mantenerse nivelados y señalizados. En ellas, el homicida culpable debía permanecer hasta la muerte del sumo sacerdote. Esas ciudades de refugio eran un símbolo de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, quien, por su sacrificio, proporcionó un refugio seguro al que podemos huir para escapar de la muerte eterna.

¿Ya encontraste refugio en esa gran Fortaleza? Escóndete en Jesús, y estarás a salvo y feliz.