Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.
Hebreos 4:13
La estrategia divinamente inspirada que el profeta Natán usó para confrontar a David con su propio pecado fue una parábola. David había adulterado con Betsabé y, en secreto, había matado a Urías para justificar el embarazo resultado de la traición.
El pueblo desconfiaba del rey. El pecado siempre mata algo. Aun cuando no es expuesto a la luz, mata la autoconfianza, la convicción y el entusiasmo con que hacemos las cosas.
La consciencia de David lo acusaba, y sus súbditos no veían más el brillo en los ojos del rey de quien se habían sentido orgullosos. Hacía un año que David escondía sus pecados.
Cuanto más insistimos en ocultar nuestros pecados, más difícil es reconocerlos y confesarlos. Natán sabía que, como seres humanos, tendemos a sobreestimar los errores ajenos y subestimar los propios. Por eso, contó la historia del corderito a David.
El rey reaccionó fuertemente a la injusticia ajena y sentenció al agresor a la muerte. También exigió el pago cuadruplicado por la oveja. Es curioso que la ley mosaica no preveía la muerte en esos casos.
Pero, de acuerdo con Éxodo 22:3, el ladrón debía hacer restitución total a la víctima. Si no tuviera cómo pagar, sería vendido por su hurto. ¿David no estaría proyectando su propia culpa sobre el supuesto ganadero?
Natán lo miró directamente a los ojos, levantó su mano derecha al cielo, y declaró solemnemente: «Tú eres ese hombre» (ver 2 Samuel 12:7). La censura del profeta encontró eco en el corazón de David. Entonces vio la enormidad de sus pecados cometidos delante de los hombres y delante de Dios.
¡Que las amonestaciones divinas encuentren eco en tu corazón también! A pesar de su justicia, él es misericordioso y no dejará de atender a los ruegos sinceros de corazones arrepentidos.


