Déjame pasar y ver la buena tierra al otro lado del Jordán, esa hermosa región montañosa y el Líbano.
Deuteronomio 3:25
Mi esposo y yo estábamos corriendo en la playa. Entonces fuimos hasta la piedra donde, un año antes, habíamos orado durante quince madrugadas, entregando nuestros proyectos a Dios e intercediendo por algo especial.
Al regresar a esa piedra, sentí frustración por no ver las respuestas que había esperado. Pero veía las respuestas de Dios de manera estrecha. El año había sido bendecido. Mi intercesión no había alcanzado el resultado que esperaba, pero había aprendido muchas lecciones.
Y la gratitud sustituyó a la frustración. Moisés deseaba entrar en la tierra que tanto había esperado. Pero había desobedecido y ofendido a Dios, hiriendo la roca dos veces en vez de, simplemente, hablarle.
Esas faltas, realizadas por un gran líder, comprometieron aquello que Dios quería enseñar al pueblo: dependencia y confianza en él. Por eso Dios le dijo «no». Moisés se despidió del pueblo, pasó el mando a Josué y emprendió la solitaria caminata.
En lo alto del monte Nebo, mirando a todas direcciones, recordó la peregrinación por el desierto. No lamentó los sacrificios sufridos. Consciente de haber recibido esa misión de parte de Dios mismo, reconocía su error.
Por eso, se arrepintió, confesó su pecado y clamó por el perdón divino. En seguida, Dios le mostró un panorama de la tierra prometida y una perspectiva de la historia de la redención: la apostasía, Jerusalén en ruinas, el nacimiento, ministerio, rechazo y muerte de Jesús. Moisés lloró abundantemente.
Pero también vio la resurrección de Cristo y los salvados en el cielo. Y le fue revelado que serviría al Salvador. ¡Que sorpresa! Sus luchas y el «no» recibido de Dios, comparados con lo que Jesús sufriría y con la recompensa que recibiría, parecían infinitamente pequeños.
Se acostó y murió. Ángeles de Dios lo sepultaron. Pero muy pronto Cristo mismo lo resucitó y lo llevó al cielo. En el monte de la transfiguración, Moisés estaba con Elías, enviado por el Padre.
¡Qué honor! Dios le dio a Moisés una respuesta infinitamente mayor que aquella que había pedido. ¿Te sientes frustrada por las respuestas negativas de Dios? Entonces, recuerda a Moisés. Cuando recibas un «no» de Dios, es porque él tiene algo superior para ofrecerte.


