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Treinta segundos, hace 114 años

Y A MÍ, QUE ESTOY POBRE Y AFLIGIDO, NO ME OLVIDES, SEÑOR. TÚ ERES QUIEN ME AYUDA Y ME LIBERTA; ¡NO TE TARDES, DIOS MÍO!

SALMO 40:17, DHH.

Se suponía que sería «el viaje» del siglo XX y, en consecuencia, del milenio. Toda la inteligencia humana aplicada a la ingeniería naval le daría vida al mayor gigante de los mares. Los hombres más ricos y poderosos de la época ocuparían sus lujosos camarotes.

Todo el glamur, la ostentación, la riqueza, la comodidad y la vanidad desfilarían por esos 269 metros de opulencia. Era tan grande que su longitud era mayor que la de tres aviones Airbus A380 (el mayor avión comercial del mundo) alineados. Todo sería perfecto e inolvidable. Bueno, inolvidable fue… pero perfecto, ni pensarlo; 114 años después, el mundo aún recuerda la tragedia.

En la fría madrugada del 14 de abril de 1912, el «insumergible» Titanic chocó de lado contra un iceberg. Para aquellos que llegaron a profetizar que «ni Dios sería capaz de hundirlo», lo que sucedió en solo dos horas y cuarenta minutos era impensable. El mayor transatlántico del planeta fue tragado por las gélidas aguas del Atlántico y, tras partirse por la mitad, fue sepultado a 3.800 metros de profundidad. Junto con él, se perderían las vidas de 1.503 personas. El pánico causado por el agua que subía piso por piso fue indescriptible. Solo 706 pasajeros sobrevivieron a ese apocalipsis acuático.

¿Sabías que, si hubieran detectado el iceberg solo treinta segundos antes, la tragedia podría haberse evitado? Es más, si la colisión hubiera sido frontal, el Titanic no se habría hundido. Si los vigías nocturnos hubieran recibido los binoculares prometidos, también habrían podido avistar antes el monstruo blanco frente a ellos. Y si la orden del oficial no hubiera sido revertir los motores, sino solo girar el timón, el transatlántico habría llegado a destino sin un rasguño. ¿Puedes creerlo?