Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa.
Efesios 6: 1-2
La declaración del versículo de este día tiene su origen en el quinto mandamienpromesa en referencia al fragmento que dice: «Para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da». La obediencia es un atributo del Espíritu Santo.
El ser humano por naturaleza no es obediente; al contrario, le gusta retar todo. Cuando los niños van creciendo pareciera una constante que siempre intentarán ir contra la orden de los padres, especialmente contra la orden de la madre quien es, en la mayoría de los casos, la que pasa más tiempo con ellos.
Casi puedes escuchar a la madre que le dice al niño: «No hagas eso», «de aquí no te muevas», «no corras, por favor» y, en lugar de obedecer, verás que el niño no les hará caso a las órdenes. «¿Cómo te hago entender? ¿A caso no entiendes con palabras?
¡Ya me cansé de tu desobediencia! ¡A la otra te pego! Solo con golpes sabes obedecer». Bueno, las cantaletas parecen interminables, pero las conclusiones son las mismas: «Ya no sé qué hacer con mi hijo. Ese muchacho es incorregible».
El mensaje de obedecer a los padres se dirige a los hijos, pero la obediencia se aprende. Casi todos los educadores concuerdan que los primeros tres años de vida son determinantes para la formación del carácter del niño. Cuando un padre espera hasta que su hijo tenga 6 o 7 años, creyendo que a esa edad ya puede entender, ha perdido un tiempo valiosísimo para educar a su hijo.
No obstante, el consejo sigue siendo para todos: hijos pequeños, jóvenes, adultos y viejos. Todos son hijos y conviene que haya una reflexión sobre si se ha sido obediente con los padres y si ya eres una persona mayor conviene que te detengas un poco en lo que has o estás haciendo con ellos o por ellos.
¿Los estás honrando? ¿Los obedeces o eres un dolor de cabeza para ellos? Cualquiera que sea tu respuesta, es momento de parar y amar, de obedecer y de ayudar a tus padres. Después de todo, Dios es tu Padre, el que siempre te amará incondicionalmente aunque no lo ames.
Qué lindo sería si tu relación con él fuera de obediencia y amor. En este día te invito a obedecer, a amar y a ayudar a tus padres. Recuerda: todo lo que hayas sembrado es lo que cosecharás. No tardes y, si estás lejos, llámalos, haz planes para visitarlos; si fuiste herido, perdónalos porque vale la pena estar en paz con ellos.
Dios mismo es quien te puede ayudar a obedecer y a amar a tus padres. Ven a él, porque todo es por su gracia.


