Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!
Filipenses 4:4
Era el sábado de la conmemoración de los treinta años del Colegio Adventista de Hortolândia. Cuando vi al simpático señor Gütlherme Gemeinder entrando al auditorio, me senté a su lado.
Cuando vivía en Hortolândia, me sentía motivada cada vez que lo encontraba. Las investigaciones de Dan Gilbert, de Harvard, revelan que las personas tienen algo que podrían llamar sistema inmunológico psicológico.
Es un sistema de procesos cognitivos, en parte no conscientes, que los ayuda a cambiar el modo de ver el mundo. Para ese psicólogo, cuyas conferencias en TED ya fueron vistas por más de veinte millones de personas, los seres humanos subestiman la propia resiliencia, sobrevaluando cuán infelices serán frente a la adversidad.
Un ejemplo: ¿ganar la lotería nos hará felices para siempre, y volvernos ciegos nos hará infelices? Ninguna de estas dos cosas es cierta. Según sus conclusiones, el 75% de las personas vuelven a ser felices dos años después del peor trauma experimentado.
Y casi no hay diferencia de satisfacción entre ganar sesenta mil euros y ganar sesenta billones, pues las cuatro actividades cotidianas que traen más felicidad no cuestan nada: practicar sexo, hacer ejercicio, oír música y conversar.
Las experiencias satisfacen más que invertir en cosas materiales. Esos descubrimientos nos ayudan a ajustar nuestra manera de pensar y a vivir mejor, pero ese concepto humanista de felicidad es limitado. La felicidad completa es una persona: Jesús.
En él hay plenitud, ligereza, alivio. Contemplarlo diariamente transforma, regenera. Solamente con Jesús alcanzamos el sentido máximo del vivir. Es eso lo que percibo en las personas que me contagian: son diferentes, tienen una sonrisa sincera, independientemente de sus luchas.
Después de contarme que cumpliría cien años el próximo mes, el señor Gütlherme me dijo: «Yo no tengo problemas de corazón, de hígado, diabetes… Solo un poco de dificultad en la columna y problemas de audición.
El resto está todo bien. ¡Quiero seguir viviendo porque me gusta vivir! Comprendí lo que decía. Él vivía en Cristo, alimentaba su esperanza en él.
Tuvo pérdidas dolorosas, pero su vida en Dios lo sobreponía a las pérdidas y dolores, y como resultado se veía la bella y feliz sonrisa que adornaba su rostro. Inspirémonos en ese hombre de Dios y alegrémonos en el Señor. ¿Qué te parece?


