Yo los he amado, dice el Señor. ¿Y cómo nos has amado?, preguntan ustedes.
Malaquías 1:2
El libro profético de Malaquías, escrito alrededor del año 430 a. C., describe la necesidad de reformas antes de la venida del Mesías. Malaquías fue contemporáneo a Esdras y Nehemías, en el período postexílico en Babilonia, cuando los muros de Jerusalén fueron reconstruidos.
Su misión era despertar a los israelitas de la apatía religiosa y conducirlos a los principios de la ley mosaica. ¡Qué misión casi imposible! ¿Cómo reformar a un pueblo que se negaba a reconocer su necesidad de reforma? Era como si el pueblo dijera: «¡Ah, Malaquías! ¿Estás bromeando?
¡Hay acaso algo mal en nosotros!». En el transcurso del libro, el profeta desafió siete veces al pueblo. Veamos cuáles fueron esos desafíos y la respuesta del pueblo. Cuando Malaquías citó a Dios diciendo «Yo los he amado», ellos respondieron: «¿Y cómo nos has amado?».
Cuando el profeta mencionó a Dios acusando a los sacerdotes porque habían despreciado su nombre, dijeron: «¿En qué hemos despreciado tu nombre?». Cuando fueron acusados de ofrecer sobre el altar pan inmundo, reaccionaron: «¿En qué te hemos profanado?».
Cuando el profeta les dijo que cansaban al Señor con sus palabras, indagaron, diciendo: «¿En qué lo hemos cansado?». Cuando fueron llamados para que se volvieran a Dios, ellos bostezaron diciendo: «¿En qué sentido tenemos que volvernos?».
Cuando su deshonestidad para con Dios fue recordada, reaccionaron: «¿En qué te robamos?». Y finalmente, cuando el profeta los acusó de haber hablado contra Dios, retrucaron: «¿Qué hemos dicho contra ti?». No fue por falta de advertencia que el pueblo terminó siendo rechazado por Dios como nación representante.
¿De qué sirven las advertencias si los oídos y corazones se hacen los desentendidos y no hay reconocimiento de la situación pecaminosa delante de Dios? Los clamores divinos, su empeño por la salvación de sus hijos y su muerte no tendrán ningún efecto en la vida de aquellos que no reconocen su pecaminosidad y no se arrepienten.
Toma en serio las advertencias de Dios. Sé sensible a la influencia divina que está intentando corregir tu ruta. No alejes al Espíritu Santo de ti, haciéndote la desentendida hasta perder el cielo.


