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Monte de la felicidad

Cuando vio a las multitudes, subió a la ladera de una montaña y se sentó. Sus discípulos se le acercaron.

Mateo 5:1

Era el mes de julio en Israel, cuando los termómetros pueden marcar más de treinta grados. En la pequeña colina adyacente al mar de Galilea, el sol se estaba escurriendo. Pero bajo la cubierta donde nos sentamos, el viento azotaba en el rostro y balanceaba bugambilias y chivatos.

El monte de las Bienaventuranzas recuerda que en aquellas cercanías, o allí mismo, Jesús predicó el Sermón del Monte. Beatitud, del latín beati, significa «bendecido». Jesús no hablaba latín, inglés ni español, y puede que usara la palabra asré, del hebreo antiguo, que quiere decir «feliz» o «afortunado».

Asré es usado en los salmos y los que oían a Jesús estaban familiarizados con esa expresión. El cartel de entrada decía Har Haóser y significa «monte de la felicidad», en el hebreo moderno. Frente al lago azul, yo escuchaba el mensaje del pastor, mientras mis pensamientos volaban e imaginé a Jesús sentado.

Levantando los brazos, con voz firme y dulce, comienza el sermón con ocho frases cortas. El pueblo se sorprende con el concepto de su reino y de su carácter. Felices los pobres en espíritu. Ellos no entendieron. Jesús se refería a los que reconocían su carencia total de Dios.

Felices los que lloran. Jesús hablaba del llanto por los pecados, que genera arrepentimiento y cambio de vida. Dios consuela ese llanto con su perdón. Felices los mansos.

Con la mansedumbre de Cristo, estaremos por encima del menosprecio, las críticas y las desilusiones cotidianas. Felices los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La justicia forma parte del carácter de Dios! Esos hambrientos son felices porque pueden tener la seguridad de ser satisfechos.

Felices los misericordiosos. A pesar del sufrimiento, el pueblo debería aprender a ofrecer gracia y misericordia. Felices los de limpio corazón. Jesús tocó un área sensible, en las intenciones que mueven a las acciones.

Felices los pacificadores. La venganza humana no resuelve nada. Los hijos de Dios promueven la paz, vencen el mal con el bien, el odio con el amor. Felices los que padecen persecución. Esa persecución sería consecuencia de haber buscado la justicia y el amor de Jesús.

Así, seríamos partícipes de sus sufrimientos, y la recompensa sería infinitas veces mayor que el sufrimiento. ¿Deseas ser feliz? Permite que los principios fundamentales del reino de Dios cambien las prioridades de tu vida.